Carmina Burana: Nellie Happee, y el rose de lo mortal con lo divino.

—Compañía Nacional de Danza, CDMX  2018

  • 19 de mayo, 12 horas, Palacio de Bellas Artes
  • 20 de mayo, 17 horas, Palacio de Bellas Artes
  • 26 de mayo, 19 horas, Auditorio Blas Galindo

Boletos en taquilla o en ticketmaster: http://www.ticketmaster.com.mx/Carmina-Burana-boletos/artist/841589

 

 

 

Opino, que no hay mejor tributo a los años de la carrera de un artista, que una alabanza a la vida.

De Carmina Burana podemos decir que es la belleza transformada en delirio, una decadencia inocua que nos lleva a arrastrarnos por nuestros infiernos, hasta el profundo éxtasis que nos pasea por los rieles de las pasiones exaltadas, de la alegría necesariamente trágica de la vida.

La estilizada belleza altamente destructiva; “son” al que bailan la vida y la muerte, son partes del mismo tablero; nuestro autárquico destino al que poco o nada le interesamos. La fortuna | la cara sonriente y hostil de un destino pueril al que estamos encadenados cual Prometeo, —o Sísifo llevando a cuestas la piedra, como nosotros llevamos a cuestas nuestra propia vida—, una carga pesada que solo se hace soportable cuando aprendemos a amarla, una carcajada irónica, bailada por espíritus que alaban la libertad, el amor, y la fertilidad.

Fueron los goliardos, sucesores dignos de los sátiros de Dionisio, los clérigos de la embriaguez, de la vida intensificada por las pasiones; quienes en el siglo XIII, durante una época considerada decadente, colmaron de regalos a la humanidad con hermosas cantatas, poemas, y verdades incomodas para las autoridades eclesiásticas.

Al menos dentro del rubro castellano tenemos como herencia la Carmina Rivipullensia, y en el caso de nuestro asunto, la Carmina Burana (que literalmente significa —Canciones de Beuern—). Es decir, el nombre latino de Benediktbeuern, un pueblo alemán que aun existe hoy a la fecha, son una conserva de manuscritos encontrados en la abadía del mismo pueblo, en 1803 por Johann Christoph el cual cuenta con trescientas rimas, la mayoría en latín medieval, pero también en germánico, y francés antiguo.

Las cuestiones tratadas por la rima antigua, parecen ser tan actuales hoy como hace trece siglos, hay cosas que simplemente no cambian, especialmente el arte como forma de comprensión de la realidad.

En esta cruel vida, llena de martirios y sufrimientos, remembranza el cuadro de Baco de Caravaggio, el arquetipo humano con la mirada perdida, que nos da cuenta de la absurdidad de nuestra existencia, pero que nos invita a disfrutarla en su momentánea esencia hasta el desborde. ¡Qué más da! Que venga el vino, los excesos y las gerarai.

“Ha de formársenos, a los que damos, por fuerza de virtud, cayos en las manos y en el corazón”, muy al estilo de Zaratustra | una ovación para quienes interpretan obras profanas de calibre alto, ¿pero quienes fueron esta vez los héroes atrevidos que ha dado vida a una obra pretendientemente tan viva? En primera instancia, los bailarines, y los músicos de la orquesta eso está claro. La música fue hecha en el siglo XX por Carl Orff, una magnifica musicalización, pero esta; una pieza dancística, se trata de una conmemoración a la carrera de Nellie Hapee, con una base de su propia creación, esta vez está a cargo de Carmen Correa.

Es una obra extraña, que se sale de los parámetros de lo clásico, y sin embargo la puesta en escena es digna de admiración.

Aunque, tonto es considerar a Carmina, como una obra dancística menor, por su esencia, y su explosión enérgica podríamos considerarla por excelencia, la antítesis de “el lago de los cisnes”, al contraste de ese amor universal que colapsa el alma hasta un desgarre interno del que ya no hay retorno, por parte de Tachaikovsky, existe Carmina; la eterna rueda de la alegría desafortunada de los caprichos, una forma diferente de enfrentarse a la existencia, como lo hace un torero ante la bestia, donde dioses y hombres pueden quedar atrapados en la cruel ironía de la suerte del destino., el sí a lo que es bellamente necesario, a lo errante, ese tipo de obras que irrumpen en la consciencia como un ditirambo, una obra que perturba: que toma los cimientos de la moral para deshacerla a violentos mordiscos, tales como los de un joven, a su amante al comerla a besos. Sin duda una expresión divina, puramente dionisiaca.

 

 

Esa es la tarea del arte, poner de frente la línea delgada de lo dionisiaco y la muerte, lo eterno es el arte, y lo mortal es lo humano, a través de ese espejo, podemos reconocernos, tomar el entusiasmo por la vida | el si del Amor Fati. El mundo es cruel, y necesita de la producción artística para ser revitalizado, no solo soportado, algo parecido a la euforia de la embriaguez tomada de los misterios de la vid, estos cuadros coreográficos son un ejemplo vivo de esa hierba reverdeciente que no cede a la amenaza de la muerte, tal como la coronaba en la cabeza del dios heleno, lo primigenio, lo irracional, lo vital, la danza de una manera honesta, de manera humana, una obra dancística es reconocer la parte eterna dentro de cada uno de los humanos.

Y como humanos que somos, hemos de buscarnos en el arte de la “poesía corpórea”.

La coreografía, es un juego perverso, trastoca todo lo que sea puro y apolíneo, que aspira a ser una solapa prensada de jovialidad para el espectador, el juego del verso coreográfico, que no es un juego, es algo que acaba pareciéndose al placer solitario.

 

 

Coreografía: Nellie Hapee

Dirección escénica: Carmen Correa

Bailarines solistas: Eric Rodríguez, Mayuko Nihei, Agustina Galizzi, etc.

Director de orquesta: Serbia Dinic

Solistas cantantes: Josué Cerón, Hugo Colín, y Cynthia Sánchez,

Nota por: Mauricio Zacarías

Fotografía: Alejandro López Salvador

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