B.MET interpreta: Giselle; un ballet espectral, porqué “el amor es el camino más corto a la locura”

 

Si pudieras bailar una última vez con una persona que amas pero ya no está en este mundo ¿lo harías?

Porque aún en la muerte se puede bailar dulcemente, ojalá el sabio se regocijara en su locura de nuevo, y el bailarín en su muerte háyase la libertad al menos dentro las mil máscaras del teatro. Como lo hace Giselle.

Perseguir algo que amas, tocarlo, destruirlo, arrepentirte de tocarlo, arrepentirte de amarlo y seguirlo amando aunque se haya ido.

Solo el amor puede superar a la muerte. Este último es su compensación en la voluntad. Pero ¿Por qué vale la pena ver Giselle?

En una apuesta arriesgada en el teatro del Tepeyac, durante la gala, del segundo acto, del ballet que fuera inmortalizado por la Grisi en 1841 en ópera de Garnier: con música de Adolphe Adam, el argumento de Théophile Gautier y coreografía original de Jules Perrot. La compañía capitalina de danza Ballet Metropolitano, nos cuenta la desgarradora historia, joya por excelencia del ballet romántico, de Giselle, una encantadora joven campesina, enamorada de Albrecht  un clásico Don Juan que, por mala jugada del destino, enamora a la ilusa campesina, esta con toda la esperanza del mundo, y su frágil salud, se entrega en cuerpo y alma al que cree que será el amor de su vida, pero igual que en las tragedias griegas, el destino de las personas está decidido por el azar doloso, los azotes del destino, y la desgracia. Su seductor comete una pequeña, particularidad: la mata, más por casualidad que por conveniencia, es entonces que el espíritu de Giselle queda atrapado en un limbo etéreo, donde el mundo de las sombras del que hablaba Platón parece disolverse, en un éter majestuoso que abre las puertas del inframundo, he allí ese limbo sagrado, donde las almas de las mujeres despechadas se transforman en Willis, mujeres que al paso del cementerio, y durante la madrugada, atrapan a los hombres para hacerlos bailar hasta la muerte.

El hombre debe admitir siempre su estado de finitud, un ser con tiempo limitado que con cada paso se acerca a la hora final, el arte es el mejor medio en que la verdad puede ser consultada, en que las ideas son correctamente objetivadas. El bailarín siempre se enfrenta a un esfuerzo doblemente esteta, su trabajo consiste en materializar, a base de sudor y lagrimas, la música en movimientos, es decir, aquello que es invisible, tornarlo en bellas formas tras una necesidad metafísica, aquello de lo que está hecho el mundo, está claramente contenido ya en la música, y que esta pueda tomar forma humana, demasiado humana, dentro de un bailarín debe ser suficiente para tocar los paraísos de los que la estética abre su portón de par en par como una flor invernal esperando las severas brisas, como se diría vulgarmente en los salones de danza “poesía bailada”, aquel que alguna vez dijo que el arte se agoto en el siglo XIX debe ser un completo obtuzo, basta con ver lo evolucionada que esta la técnica, y la virtuosidad que hay ahora, y que sigue avanzando. Pero la danza es una esencia mucho más profunda, que puede conectar con el ser humano de manera casi inmediata, sin importar de que región, religión, o carácter sea, las bellas formas son una necesidad para el deleite y recreación de la parte más autentica de nosotros mismos, la humana. Solo la majestuosidad de la cultura es lo suficientemente fuerte, como para aspirar a engrandecer la vida de un hombre, solo la vitalidad es cultura, solo se baila en honor a la vida, para que a través de ella conozcamos la alegría de velar por los que nos han dejado, y los que nos dejaran algún día, padres, novios, esposos, tíos, amigos. Aquellos con los que ya no pudimos bailar por última vez, y que dieron una reverencia antes de que su telón bajara.

El sacrificio y la redención, la experiencia estética del sufrimiento; el amor está hecho para hacer implosión, la felicidad al ser tocada se esfuma, la vida humana esta condenada a su finitud marcada por la muerte, tanto la propia existencia, como la de los seres queridos, por eso Giselle es un ballet tan importante dentro del mundo romántico, no es un simple baile de salón, es una despedida, lenta y fulgurosamente conmovedora de dos amantes cuyo lazo ha sido cortado por la muerte abrupta y tempranamente, tras una demencia. Nos describen escenas que nos identifican con lo único que hemos de experimentar siempre tras nuestro paso por la vida; la angustia de amar algo para verlo destruido una vez alcanzado.

Albretcht salva la el pellejo,  pero ha perdido para siempre al amor de su vida, Giselle al encontrar el perdón en su alma para el querido, a podido descansar al fin en paz y deja de ser una mujer maldita, ha encontrado la redención en la compasión.

¿Y si nos atreviéramos a amar tan fuertemente a alguien o algo, que pudiéramos morir por el, o ello, ese amor quizás traspasaría las barreras de la mortalidad, y se quedaría en este mundo de manera eterna para alimentar con su belleza a toda la humanidad? Como el faro luminoso dentro de la tormenta que guía con su luz a los barcos perdidos en alta mar, así va el hombre perdido también en alta mar hasta que la luz del arte puede redireccionarlo a la revitalización, al goce estético, a la palanca que lo empuja a regocijarse dentro del edén epicúreo que es accesible para una de las más elevada de las alturas que jamás pudo escalar un ser, dentro de sí: la danza.

¿Si ha mitad del escenario empezaras a arder en llamas, te detendrías o morirías bailando?

¿Quién de ustedes es tan digno de bailar hasta la muerte, o morir hasta bailar de manera real?

A veces la inmensidad de la vida no puede ser agotada en palabras, deja que aquello que no pudo destruir la muerte sea dicho con una última melodía, una gran melodía que ya no es, deprimente, no es feliz, no es melancólica, no es decadente, es trágica, la vida misma. La magnificencia del hijo de las musas, el hombre culto, el artista.

Mientras haya voluntad habrá vida, mientras haya vida habrá baile.

 

Por: Mauricio Zacarías

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